AfterPunk: Escribir un libro sobre la derrota

palabrasConversación por guásap.

Yo: qué semblante tenía?

Lu: Muy triste. Los ojos ahogados. Fuera de ti o hundido en ti.

Lu: Por qué?

Lu: Fue cuando te sentaste junto a Alicia y era como si todo estuviera perdido, estabas rendido.

Ojalá fuera un superhéroe, que con solo enfundarme en mallas pudiera salvar a la humanidad, pero estoy más cerca de la antítesis; me parezco más a la figura del supervillano, soy el supervillano de mi propia vida. Y eso no es poco. Si uno es su propio villano, no habrá poder sobre la Tierra que lo salve.

Quizá nunca he querido ser salvado y por eso escribo. Lo sospecho ahora. 

¿Cuál es el sentido de escribir, de escribir un libro? No puedo responder por todos los que escriben un texto, un texto que se hará público y podrá ser encontrado en librerías y bibliotecas, en la red, respondo a título personal. Escribo para el otro, para ser leído, descifrado. Supongo que para decirle al otro, por medio de construcciones verbales, lo que veo en este mundo. Supongo que si ese otro no atiende a mi relato, habré fracasado, habré sido vencido. Supongo que si ese otro ignora mi relato, todas mis fuerzas habrán chocado contra un muro. Supongo entonces que escribo pensando en que lo que busco es imposible: acercarme al otro, encontrarme con el otro. 

Para eso escribo: para fracasar. Los supervillanos en realidad no quieren triunfar sobre la realidad, quieren que esta fracase; que sea aniquilada, subvertida, deshecha. Cada que escribo mi sombra me golpea hasta derribarme; a veces la cuenta de protección me salva, pero a veces soy noqueado. Por eso el comienzo de este post, la conversación por guásap que tuve al día siguiente de la presentación de Perturbaciones sintácticas, tiene toda la razón: Fue cuando te sentaste junto a Alicia y era como si todo estuviera perdido, estabas rendido.

Uno se rinde de diversas formas, yo me rendí escribiendo un libro.

 

  

  

 

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AfterPunk: insomnio

Pensándolo bien el insomnio se parece a la eternidad, si dormir es morir, es estar muerto, no dormir es lo contrario.

He perdido la cuenta de los días que no he dormido o he dormido nada o poco. Maldormir no cuenta, porque al menos se duerme. Una noche de insomnio da para pensar en muchas pendejadas o en todas las posibles. Este día me he salido de la cama a las 9 horas para redactar este AfterPunk. Apenas empieza el día y ya cuento con algunos odios en mi haber.

Odié la ceremonia cívica que se llevó a cabo a las 7 de la mañana en una escuela que supongo queda cerca. Escuchar el himno, y la órdenes del maestro de ceremonias, me pareció una conjura en contra de los vecinos y de la humanidad. A mí casi me daba igual, ni dormido estaba, si no fuera porque detesto los himnos y las banderas. 

En el insomnio me pareció bella la noche, me hubiera gustado que se quedara conmigo para siempre, pero tuvo que amanecer. La noche me parece más justa, más honesta y, por supuesto, hermosa. Pero amanece y yo tengo que salir al mundo a decir cosas que no quiero, a hacer cosas que no quiero y a convivir con gente que francamente podría evitar por el resto de mis días.

En el insomnio también me pregunté dónde estaba Tyler Durden para romperme la cara, para hacerme añicos con la certeza de su existencia. Pero el señor Durden no apareció y por eso puedo escribir esto. Porque eso es lo único que puedo hacer mientras no duermo: escribir. Y escribir me dota de inmortalidad, aunque no pretendo ser eterno. Entonces me pregunto si esa larga sombra del no sueño no es sino un temor irascible a la muerte. Al menos si estuviera en el De eFe tendría el pretexto de no querer morir aplastado mientras sueño, pero en este semidesierto ni eso.   

Solo espero que un día no tenga que destruir el mundo para salvar a Marla y para recobrar la cordura.

¿Qué esperas señor Durden para acabar conmigo? Soy un pésimo paciente de este maldito manicomio.

Perturbaciones sintácticas

La última vez que asistí a la presentación de un libro, hace unos días, apenas y pude estar sentado entre el auditorio alrededor de 10 minutos. También soy incapaz de quedarme en una grada a admirar un encuentro futbolero. Soy un fracaso como asistente a cualquier evento público. Los conciertos me salvan un poco; mientras esté de pie, moviéndome, aventándome, bailando. Temo estar del otro lado: presentando, por ejemplo, mi siguiente libro. Así que no sé cómo decirles que asistan este viernes al 9 Vidas Cofee Art, donde presentaremos Perturbaciones sintácticas, poemario editado por Mejorana y La Cecilia. ¿Argumentos? Tengo algunos.

Es un libro corto, de 20 poemas que en su conjunto no rebasarán las 20 cuartillas, de cuartilla promedio por texto. Así que lo pueden leer en media sentada; luego podrán releerlo si quieren. 

Me costó tiempo y trabajo escribirlo, el hecho de que en los últimos años me haya alejado de la poesía me tenía y tiene oxidado. Pueden juzgarme tranquilamente y aventar jitomates imaginarios.

 Ambas editoriales, Mejorana y La Cecilia, se alejan de lo convencional y construyen objetos que se presentan como libros, eso tiene un plus.

Espero no volver a caer en la tentación de escribir poesía, aunque uno siempre recurre a ella, no sé si para salvarse o para hundirse. 

Los textos de Perturbaciones sintácticas batallan contra el lenguaje, contra la palabra, y al mismo tiempo están inmersos en la lengua.     

Y bueno, en breve estará la invitación al evento en Facebook, que parece es donde sucede toda la vida.

Les dejo acá dos textos que están incluidos en el libro.

 

La palabra

la palabra palabra

es un artefacto lingüístico

la palabra árbol

no está compuesta de madera ni hojas

la palabra mar

no moja ni ahoga ni inunda

de hecho la palabra fuego

sería incapaz de causar incendios

sin embargo los nombres

los nombres de las personas

son capaces de sacudir al escucha

la palabra, —nombre—, Sarah

siempre (me) causa terremotos.

 

Yo soy un hablante

supongo que el nombre de las palabras

fue creado por el primer hablante

que emitió en la cueva sonido, gruñido, grito, gemido

supongo que el primer escucha entendió el mensaje

entendió que el sonido, —el ruido—,

hacía referencia al trueno

el primer escucha debió de haber repetido el estallido

con el mismo ritmo y la misma prosodia

el primer escucha se transformó en el segundo hablante

luego los hablantes se multiplicaron

como se multiplican las olas

multiplicaron los truenos

el cielo, la lluvia, las historias

yo hago referencia a ese primer hablante

de alguna forma

todos somos el primer hablante

por eso lo sé

cada que digo Sarah

quiero decir trueno.

 

Dejo de acompañamiento el soundtrack del día.

Sueño un par de líneas

He escrito estas líneas en un sueño

O se las he arrancado a ese sueño

Y apenas despierto

Abro el ordenador

Comienzo:

Para que de una vez

Una calle se instituya en un huerto.

En el sueño tomo nota

Con mi indescifrable caligrafía

Leo

Antes de la tercera línea

Desde afuera del sueño

Un rumor de máquina asesina

Me trae de vuelta a la vigilia

Junto a la casa un trascabo hunde su cuchara

Un par de pájaros grita

El perro vecino ladra y se sacude

El trascabo coge una tonelada de tierra

Reacciono y abro los ojos

Es la primera vez que me sueño escribiendo

Que veo el ejercicio de la escritura

De mi propia escritura

En un sueño

Llamo a Sarah para contarle el relato

Y para que de una vez

Una calle se instituya en un huerto.

AfterPunk: Ojalá pudiera teletransportarme

encuentro

Son muchos los que querrán presentarse sobre el escenario y aullar sus palabras y estertores para ser aplaudidos o lapidados. Probablemente exagero. No creo que sean muchos, serán pocos. Solo alguien que no esté cuerdo desea exponerse a hacer el ridículo. Y en un recital eso es lo que sucede: se hace el ridículo. El lector en voz alta supone que ha compuesto las estructuras verbales más potentes y que las descerrajará hasta reventar el sentido del oído del público. Además supone —el lector en voz alta— que emulará a Hamelin, y que el grueso de los asistentes caerán encantados bajo su canto y lo seguirán hasta desbarrancarse del mundo. Falso. Cuando un individuo lee en voz alta, micrófono de por medio, es ignorado. Ningún receptor, o escucha, lo atiende. Se asiste a un recital como se asiste a un evento social, por el simple hecho de hacer presencia y que todos sepan que seguimos vivos, por asegurarse que nadie más ocupe nuestro lugar. El lector en voz alta lee, si acaso, para sí mismo, si acaso.

En el mejor de los casos, un recital tiene por público a otros lectores en voz alta. ¿Por qué digo lectores en voz alta y no poetas? Porque no tengo claro qué es un poeta. Es más sencillo describir un lector en voz alta si se atiende a su significado literal: un lector en voz alta es alguien que lee en voz alta un texto, propio o ajeno, eso no importa. Aunque supongo que habrá lectores en voz alta que no utilicen ningún soporte escritural durante su presentación, que tengan memorizados textos, pero eso es otra cosa. Creo que cuando alguien memoriza un texto, puede entonces utilizar otros recursos, —escénicos, musicales—, y montar una pieza. Esa es la idea del Spoken Word, construir piezas emergidas desde un texto que fue escrito y que funciona como guion.

¿A qué viene toda esta perorata? Hace mucho tiempo yo solía vivir de recital en recital, de micrófono en micrófono, de escenario en escenario, hasta que me harté de escucharme y cuestioné el quehacer del lector en voz alta. Un lector en voz alta necesita un texto y hablar, nada más. Se puede apoyar con un micrófono si es necesario. Ser lector en voz alta es una de las prácticas más sencillas que existen. A lo mejor se necesita de la cualidad de la vanidad y el descaro, a lo mejor.

Hace mucho tiempo que no me paro en un recital, como tal. Un Slam Poetry difiere de un recital tradicional, así que no cuenta la última y penúltima vez que participé en un Slam. Cuando suponía yo mi regreso a los recitales, me doy cuenta que es físicamente imposible. Digo físicamente porque así como dos objetos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, un objeto no puede estar en dos lugares simultáneamente. Y yo estoy demasiado lejos de Zacatecas, y a menos que haya una vía virtual para leer en voz alta, no podré subirme al escenario. Pero no por eso voy a perder la oportunidad de invitarlos a asistir, si es que se encuentran en o cerca de la ciudad de cantera, de ese lugar que parece museo. Cáiganle, porque se va a poner bueno.     

Si, esto es una invitación, para mañana, de 17 a 20 horas, en el Callejón del Moral. 

Y bueno, cómper, tú tan en el siglo XVI, y yo tan corazón de cumbia, beibe. (Me voy ir a bailar con Los Rumberitos.)

AfterPunk: Había una vez Los Palabracaidistas

A Folie Travieso

En Entre paréntesis, un libro cartografía que reúne textos variopintos de Roberto Bolaño, este dice: «Si tuviera que asaltar el banco más vigilado de Europa y si pudiera elegir libremente a mis compañeros de fechorías, sin duda escogería un grupo de cinco poetas […]». El fragmento corresponde a un texto titulado «La mejor banda».  No es que quiera hacer presunción de ello, pero tuve si no la mejor banda, una banda, y nunca asaltamos un banco; podríamos haberlo hecho, ahora lo sé, es una puta lástima que nunca se nos ocurriera. 

Hace algunos años tuve una banda de poetas, poetas grandes y valientes, en la Ciudad de México, que entonces se llamaba Distrito Federal. Para ser sincero no sé si éramos grandes y valientes, pero suena mejor que decir: poetas rotos, perdidos y anónimos. Aunque tampoco sería fiel a lo que era cada integrante de nuestra pandilla. Todos nos conocimos en el circuito poético defeño, circuito que ni era tan underground ni institucional, se encontraba en medio de esas categorías. Y digo que se encontraba en medio principalmente porque existían los suficientes foros como para organizar una pequeña gira y porque la escena era amplia y diversa; con esto quiero decir que no abrimos brecha de nada, pero sí le dimos continuidad a una antitradición de ruptura y conspiración que anteriores corros de poetas llevaron a la praxis.    

Nos conocimos en sí porque andábamos por ahí leyendo en bares, cafés, centros culturales, la calle, los camiones, el metro; leyendo en el centro del universo: el De eFe. Y no precisamente leyendo pegados a la página, al soporte escritural de la hoja, sino intentando algo más performático, happeninesco, teatrero. Una característica de aquellos nosotros es que buscamos el auxilio de otras herramientas para presentar la palabra, revestirla de gala con otras fuentes no convencionales. Prácticas que, como ya lo dije arriba, han puesto en marcha otros grupos a lo largo de la historia. Es decir, tampoco reinventamos nada, pero de vez en vez se hace necesario ponerlo en manifiesto, y nosotros nos suscribimos a ello; a través de una especie de colectivo, que puede tener más fuerza que hacerlo en solitario, por el simple hecho de que unir los recursos de los individuos que conforman una cofradía siempre será más exitoso.   

Nuestra conjura se llamó “Los Palabracaidistas”; nombre, título, identificación, que le debemos a Ibce Baez, una amiga de todos nosotros, nuestra madrina. Los Palabracaidistas fuimos en lo general una panda de poetas que nos encontramos para recorrer la ciudad y taladrearla a punta de versos, de palabras, de sonidos y significados. No recuerdo si el objetivo iba más allá de la pasarela. No recuerdo habernos planteado establecernos como vanguardia, conformar una editorial, un frente que pudiera reclamar recursos de las instituciones, no es algo que me conste, o que he olvidado, así que no voy a desmentir a quien quiera rebatirlo.   

Tampoco recuerdo cómo nos fundamos, o sea, no sé quién nos convocó, quién nos llamó, no tengo esa imagen en la cabeza. La cosa es que un día estábamos ahí, presentándonos ante el público, con nuestros recursos unidos para enfrentar al monstruo que nos consumiría más tarde.

Pero, ¿por qué escribo esto ahora y no antes? La razón principal es por una serie de coincidencias que se han conjurado, la pesadilla de lo real diría Borges. Una noche me encuentro a Dux en Facebook y al día siguiente me llama. Ningún hecho se encuentra conectado, aparentemente. Yo le mando solicitud de amistad y él me llama para verificar que mi número siguiera siendo el mismo, pero aún no había abierto su caralibro. No sabíamos el uno del otro desde hace años. Charlamos más de 40 minutos, principalmente de poesía y Los Palabracaidistas. Noches antes sueño con una chica que conocí siendo Palabracaidista, la busco, la encuentro, la llamo, solo para saber que ella me estaba soñando en la misma noche que la soñé. El tercer argumento para escribir este AfterPunk es que ambos fenómenos ocurren alrededor del 21 de octubre, que además de ser cumpleaños de Raya también se conmemora Back to the Future. ¿Les suena algo? A mí me suena que Marthy McFly tenía preparado otro de sus trucos. Así que decido caer y ceder, escribo este texto porque años más tarde significará algo para sus hijos, aunque ustedes no lo comprendan aún.

¿Y qué eran Los Palabracaidistas? No lo sé. ¿Quiénes eran? Desconozco si nombrarlos ayude a comprenderlo. No lo haré, no los denunciaré, salvo los nombres que aparezcan en la pertinencia de este texto, no numeraré a uno por uno. Lo que sí puedo decir, lo que dice el texto, es que fuimos un conjunto de personas que unimos, en diversas escalas, nuestras voces y palabras para establecernos como una unidad dentro de la escena poética chilanga, como una cosa que empuja hacia alguna parte: un tanque que se busca abrir paso en el caos. Es más fácil ser un tanque que un fusil de asalto, y aun así, perdimos cualquier tipo de batallas.

Ojalá que me explique mejor si lo digo así, Los Palabracaidistas éramos combatientes que luchábamos solos contra algún enemigo más fuerte e invisible, más grande y poderoso. Un día nos unimos, no ganamos, perdimos porque ese tipo de misiones suicidas siempre se pierden. Pero tampoco nos hemos rendido. Y nunca nadie podrá arrebatarnos que nos encontramos y que generamos los fenómenos, problemas y situaciones que generamos. Pudimos habernos quedado en conversaciones de cantinas, pero decidimos quién sabe por qué asaltar los escenarios.  

En mi memoria queda que fuimos efímeros como el haiku, así que podría aplicársenos eso de que si lo bueno breve dos veces bueno, pero no metería la mano al fuego por aseverar que así fue. Hicimos bien en juntarnos, en reunir esfuerzos y recursos, en charlar, se nos abrieron más puertas, aprendimos. No sé si lo que hicimos repercutió en la escena chilanga, como no tuvimos un plan de acción es probable que no. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota […]», muchos años después en un slam que perdí, como siempre, un chico se me acercó para decirme que nos había visto a Los Palabracaidistas y que había deseado entonces subirse al escenario a hacer las cosas que nosotros hacíamos. ¿Y qué hacíamos?, le pregunté. Esto, respondió. Esto que siguen haciendo algunos exPalabracaidistas, que yo ya no hago, exponer y presentar sus palabras en directo, su pensamiento, su emoción. En su momento Ewor me había dicho lo mismo, al oído, cuando estábamos a punto de fracturar nuestra camarilla: nos vamos a romper como los surrealistas, como tantos grupos han valido verga. Con su comentario me había dado a comprender que hacíamos eso, las putas pinches palabras, el lenguaje.   

Si tuviera que asaltar el banco más vigilado de México elegiría el día que vi Edmeé en el Claustro de Sor Juana y el día que Ribé ganó el Slam Poetry del Recital Chilango Andaluz cuando iba disfrazado de Reservoir Dogs. Y esos dos momentos son intrínsecos a la existencia de Los Palabracaidistas, de la escena Poetry Slam, de toda la gente que de algún modo ha estado involucrada en la posibilidad de la existencia de la poesía en voz alta.

Ojalá que si un día me encuentro a Los Palabracaidistas nos pongamos a bailar salsa.

¡Palabracaidistas! En descenso libre…