Un bote salvavidas

sabeUn bote salvavidas como tu boca, como los sonidos que reptan hacia el piso de arriba en busca de participar en los fragmentos de la novela que se construye cada noche en la tibia cama de este semidesierto que es tu casa, de estas escaleras tan obstáculo, de estas paredes blancas y tus lágrimas. Un bote salvavidas como tus muslos, como tus caderas que explotan entre mis manos y su vaivén que anuncia una lluvia de palabras tronantes, relámpagos que atizan en la tierra seca y tu cara, y tus labios ceñidos a mi espalda, a mis piernas, a mi pecho, a mi cuello. Y labios de narración donde hay un bosque conquistado por versos de poetas ciegos; poetas que cansinos arrastran en un idioma casi extinto terribles soledades e inoperantes estrofas. Un bote arrebolado que en el sol se vuelve histeria e inunda con su enrojecimiento mi piel que una vez te tocó y te supo, mapa y geografía de un discurso de un libro que ordena la vida y sus muertes. Un bote largo, canción de trovadores del sur de tu patria, un bote tan largo océano salvaje que traes con tus corrientes monstruos pintados por Paul Gauguin que en Panamá se cruzó con Hunter S. Thompson para emborracharse sobre el canal y tratar de detener en un instante toda la belleza (o sus fantasmas al menos). Un bote salvavidas como tu vientre en el cual me contengo y me salvo, y me salvo y me silencio y te descifro antes de que Caronte me eche por la borda. Un bote salvavidas como tu aroma y tu ofrecerme tu boca.

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AfterPunk: Todos aquí estamos locos

1Ibargoyen

Trabajaba de mesero en un restaurante de la Roma, y me tocó atender la mesa de Saúl Ibargoyen. El poeta estaba acompañado de dos mujeres. Entre los tres la charla discurría como si nada más existiera en el mundo. Digo esto porque lo creo: si se habla de poesía existe la posibilidad de que nada más exista en el orbe. Y los tres hablaban sobre poesía. Yo hacía las veces de objeto inanimado, estaba consciente de ello, pero no me amilanaba. Después de un tiempo que consideré pertinente, me acerqué a tomar la orden. Yo conocía a Ibergoyen porque había que conocerlo y reconocerlo. Lo vi entrar y supe que era él. De todas maneras lo confirmé cuando le pregunté a la gerente si él era él; sabía que era un asiduo al lugar. Es él, dijo ella. Les pregunté que iban a comer, pero ninguno pareció escucharme, o eso pensé. Saúl me atendió levantando la cabeza y fijando su mirada en la mía: silencio, que nos va a atender un poeta. ¿Que cómo sabía Ibargoyen que yo era un aspirante a poeta? Nunca lo supe. ¿Me conocía acaso? Supongo que sí, pero no sé cómo. Yo tenía una carrera incipiente, apenas publicando algún texto en alguna gaceta de escasa circulación; presentando textos en bares y cafés de prestigio dudoso. Me quedé pasmado. Una de sus acompañantes dijo: lo que el maestro diga. Ibargoyen hizo una seña dándome a entender que yo eligiera el menú. No recuerdo qué les serví, estaba flotando. El Poeta me conocía, eso era lo más importante. ¡No!, lo más importante es que era un poeta. Un poeta que me había hablado y tocado, me había sentido. En aquel momento era un verso. Una palabra que se había escapado de la realidad para convertirse en algo.

Tarragona

El lugar donde coincidí con Ibargoyen se llamaba “Tarragona”. El Tarragona era un restaurante que ofrecía en su carta bocados internacionales, vino básicamente mexicano y cerveza. En ese lugar, además de la venta de comida y bebida, ocurrieron distintos eventos. Uno de ellos fue una de las presentaciones de Los Palabracaidistas. Señalo esto porque hace un par de días recibí un mensaje que decía algo como: “Nos quieren”. ¿A quién quieren? Me pregunté. El mensaje era de un amigo que no veo hace años, pero entendí luego el enigma. Nos quieren a Los Palabracaidistas. En una entrega anterior describí qué fueron Los Palabracaidistas y más menos cómo se gestó la vaina. Pero redundo: un grupo de gritadores que se juntaron en una gira poética.  ¿Quién nos quiere? Eso todavía no lo sé. La cosa es que en ese grupo, colectivo, cofradía, participamos algunas personas que construíamos textos que llamamos poesía y los exhibimos por medio de soportes no necesariamente escriturales. Esa fue nuestra consigna. Ahora parece que habrá un reencuentro, una tal vez versión 2.0. Ahora que parece que lo habrá, me encuentro laborando en un lugar donde coincidentemente también se sirven platos internacionales. Ninguna historia se repite. El Tarragona no existe ya, Los Palabracaidistas tampoco, pero todavía escribo. Escribo no para enfrentarme al público ni para salvarme, escribo porque quizá no sé hacer otra cosa.

Mykonos

Este lugar donde ahora laboro se llama Mykonos y está en Zacatecas. No en la calle de la Roma, sino en el centro del país. En una ciudad que huele a pasado y que es visitada para admirar su arquitectura. A la mayoría de gente le parecerá hermosa; como ustedes saben yo hincho por lo futurista, por lo inalcanzable. Aun así me gusta. Es pequeña, uno puede alcanzar cualquier punto en tiempo breve, y al menos caminar por el Centro sin temor a ser aplastado. En lo que respecta a Mykonos, a mí me ha servido como un laboratorio para observar cómo suceden las cosas gastronómicas, cómo ocurren los guisos y cómo surge a partir de distintos elementos un plato. Ha sido enriquecedor e interesante comprender cómo desde la manufactura un objeto transmuta en un platillo y luego en plata. También he comprendido la inmensa cantidad de energía y esfuerzos que se requieren para satisfacer a un comensal. El comensal, que es una especie de monstruo, un devorador de mundos, la mayoría de las veces imbécil, todas las veces injusto.

Los comensales

He sido comensal la mayor parte de mi vida. También he sido poeta, escritor a sueldo, redactor, pero si hay una categoría de consumidor o productor que me ha caracterizado es la de ser comensal. Ahora tengo una idea que se debería si no imponer, sí sugerir como materia en los colegios. En los colegios además de enseñarnos finanzas, darnos clases de sexualidad, de género, encauzarnos a lidiar con las emociones, también podrían guiarnos a través de las distintas fases que se necesitan para la creación de un producto. Un platillo es un producto. Los comensales lo consumen. Quizá los comensales no tienen idea de las tareas que se han llevado a cabo para que ese producto llegue a su mesa. Quizá por eso los comensales critican el sabor, la estética, el precio de cierto platillo. Quizá no saben que son atendidos por personas. Quizá no se han puesto a pensar que para que estén degustando una pasta hizo falta que la humanidad evolucionara desde el primer simio hasta el Homo sapiens. Hizo falta que el hombre viajara y descubriera otras culturas, hizo falta que se inventaran artilugios, que se domesticaran animales y el fuego, hicieron falta guerras y conquistas, asesinatos. Lo que quiero decir, es que un mal plato no significa un fracaso y que un buen plato no significa éxito. Un plato no puede ser bueno ni malo, y si algo significa es que hemos descubierto sensaciones y avanzamos camino a conquistar el espacio. Uno siempre se puede quejar de cualquier cosa, incluso de sí mismo. 

Poeta y comensal

Supongo que gracias a la experiencia sé lidiar un poco con la frustración. Cuando me rechazaban textos en alguna revista de convocatoria abierta me sentía degradado y humillado. Lo sentía personal. Recuerdo un día que regresé una ensalada porque esta venía aderezada. Recuerdo una ocasión que regresé un churrasco porque según yo el término no era el correcto. Regresé una cerveza porque no la abrieron en la mesa. Era un imbécil, y todavía lo soy. Quizá escribo este AfterPunk para disculparme con la gente que ha sufrido mis imbecilidades, mis debilidades, mis miedos. La primera vez que aceptaron publicar un poema de mi autoría en una gaceta me sentí invencible.  Pero cuando publiqué mi primer libro no sentí nada. Había entendido que el éxito y el fracaso no representaban absolutamente nada, no me calificaban. Cuando un comensal regresa un plato, emite una crítica, tampoco siento nada. Mientras trabajo en un restaurante o bar, pienso que tengo que hacer lo mismo al día siguiente, y al día siguiente. Cuando escribo pienso en el siguiente texto, en la siguiente palabra. Es una tonta carrera contra no sé quién, lo sé. Pero la frustración de ser rechazado, no admitido, expulsado, me importa ahora un carajo. Tengo que escribir el siguiente AfterPunk, tengo que llevar a la mesa el siguiente plato.    

Carreras

Hay carreras que no se ganan. Uno no puede servir un platillo en menos tiempo del que se requiere. ¿Entienden la paradoja? Puedes servir un corte en un minuto, pero no en menos de ese minuto. Lo puedes servir en 30 segundos, pero no en menos de 30 segundos. Puede resultar extraordinario, pero no más allá de extraordinario. La cuestión es de que puedes realizar una tarea a la perfección y no será perfecta. La carrera contra la muerte tampoco se gana. Las carreras existen para perderse. A menos que seas Ricardo Piglia y padezcas del Síndrome de Bolaño. Ya saben a qué síndrome me refiero. Ese que experimentas después de muerto. Mueres y sigues publicando. Y los lectores entonces leen tu nuevo libro, lo reciben porque lo trajo el cartero. Alguien te lo envió. Y si te lo envían además cargado de cariño, Piglia es uno de tus autores favoritos, supongo que debes sentirte privilegiado. También pienso que cuando uno come en un restaurante, fonda, taberna, debe sentirse privilegiado. Hay gente que cocinó para ti, que te sirvió, que tal vez charló contigo sin conocerte. Uno está ahí, aunque el universo no conspiró de ninguna forma para crear las condiciones; estar en ese lugar es más como tener suerte. Pero supongo que no me explico del todo: comer, leer, son faenas súbitas, incomprensibles, que requieren cierta bizarría. Como el Conejo Blanco de Alicia, siempre estamos corriendo, tratando de alcanzar algo. Algo que no hemos podido nombrar, que quizá no existe.   

El lenguaje

Apenas lo pensé la mañana de ayer: El lenguaje no existe. O bien: El lenguaje no es precisamente eso, un lenguaje. No es precisamente una capacidad de la que debamos de alardear mientras no cumpla la función que le hemos asignado.¿Qué función le hemos asignado? La de entendernos, o algo así. Siempre he tratado de imaginarme qué hay en la cabeza de mi interlocutor, qué imagen se crea cuando charlamos. He podido preguntarle, pero eso no garantiza que yo entienda su explicación. Por ejemplo, cuando atiendo a un comensal y le describo un plato o un vino estoy completamente seguro que la secuencia de sonidos que emito no significan absolutamente nada para un ruso. Más sencillo aún. Si yo digo “maridar” y mi interlocutor jamás en su vida ha escuchado esa palabra y por el contexto no intuye su significado, el sintagma emitido carece de pertinencia. Mi interlocutor no ha entendido nada. Yo he actuado como un chimpancé aullando gruñidos. Creo que es simple. Quién sabe para que sirvan las palabras, nuestros gruñidos y gritos, sonidos, aullidos. Quizá sirvan para arrullarnos, o para hacer poesía, o para encarcelar lo que pensamos. ¿Servirán para comunicarnos? Ojalá que sí. Pero bueno, la próxima vez que usted, amable lector, se siente a una mesa, sitúese en la posición de Ibargoyen, concédale el honor al maestro. Piense que quien lo va a atender es un poeta, aunque no tenga estrellitas en la frente ni un letrero que lo diga. Piense también que quien ha preparado sus platos es un novelista. Usted es un privilegiado, pero también un demente, porque usted piensa que las palabras sirven para algo, piensa que las palabras significan algo, usted piensa que estos signos tienen un referente, que estos son signos, que existe el lenguaje. Es usted un loco que debería de estar en el psquiátrico. ¿Sabe por qué? Porque piensa que hay cosas bien hechas y otras mal hechas, que los sabores existen, los aromas. Usted no entiende que ha sido engañado, no lo acepta. No se ha dado cuenta que toda esa sarta de fenómenos son construcciones sociales, que carecen de valor absoluto. Usted también es una máquina, una máquina disfuncional. Lo que usted califica, concede, sabe, ha sido decodificado, descifrado e interpretado por su cerebro, y usted no tiene control de ese órgano. ¿Lo ve? Necesita tomarse sus pastillas. Vaya, sírvase un vaso de agua. Tranquilo. Todos aquí estamos locos.

De alguna forma este texto está dedicado a la memoria de Saúl Ibargoyen, a quien agradezco haberme llamado poeta y haberse dirigido hacia mi labor de mesero tan dignamente.

  

AfterPunk: Yo solo quería escribir un libro

la cocina-001¿Qué función cumple el olvido?

¿Qué función cumple el mecanismo del olvido? Me he preguntado en varias ocasiones.

Olvidé las llaves el 31 de diciembre y al regresar a casa casi me quedo a dormir en la calle. Hubiera recibido 2019 entumecido, sobre una acera, abrazado a un árbol, qué sé yo. No habría sido la primera vez. Lo hice cuando tenía 15 años, cuando tuve 18. El problema es que ahora tengo el doble de esa última edad y no por ello mi memoria, mi automatización de las cosas, mejora. Olvido no solo objetos, olvido gestos, olvido rostros, voces, amores, canciones, lecturas. Ese olvido debe de servir para algo. Debe de cumplir una función en la memoria; de hecho, el olvido debe de formar parte de la misma memoria. Me gustaría descubrir el cómo, emular por una vez a Funes, apagar el olvido y tener una memoria lúcida, aunque la experiencia suene monstruosa. Porque si no olvidara nada, la acumulación de sentimientos y emociones seguramente me volarían la cabeza y terminaría a lo mejor en un psiquiátrico, a lo peor en una cárcel de máxima seguridad.  

Cada quien debería de limpiar su propia mierda

Podría existir una ley, un acuerdo o convenio que nos obligara a limpiar nuestra propia mierda. Por obviedad  la servidumbre estaría vedada. No existirían las Cleos ni las cenicientas. Ni los choferes, ni la intendencia en las oficinas y escuelas. Tampoco el servicio de limpieza de las ciudades y pueblos. No existirían los meseros ni los lavalozas. La sociedad tendría que estructurarse de una forma muy distinta a como la conocemos. Pienso que nadie se atrevería a acumular objetos, o sí, pero muy pocos. Muy pocos también se atreverían a vivir en mansiones y castillos (imagínense limpiar esos caseríos). Si acabáramos con la servidumbre probablemente también estaríamos a un paso de extinguir la subordinación y con ello la verticalidad de la convivencia y la toma de decisiones. Piénsenlo bien, tal vez tenga sentido y merezca la pena limpiar nuestra propia mierda. (Y tal vez, y solo tal vez, también consigamos la abolición de la obsesión por la limpieza, la moralidad, las buenas costumbres y toda esa sarta de distracciones.) 

Yo solo quería escribir un puto libro

Lo recordé hace unos días. Recordé cuando presenté el primer libro. Recordé cuando bailaba con Elsa y me preguntó qué haríamos con nuestra vida y contesté que yo iba a escribir un libro. Le devolví la mirada y por primera vez no se vio reflejada en mis ojos. ¿Hubiera sido feliz con Elsa y sin libro? Sí, estoy seguro de ello. El caso es que yo quería, quise y lo logré. Pero no sentí absolutamente nada. Lo escribí y luego escribí otro y otro. Pensé que hasta podría escribir una novela y lo hice. Pensé que podría escribir cualquier cosa, cualquiera. Pensé que podría inventar fuentes bibliográficas, relatos, autores, historias. Tifaba por la idea de emular a Rafael Bolívar Coronado. Escribí, escribí y escribí, hasta darme cuenta de un error: confundí escribir con publicar. Escribir, el ejercicio, me satisfacía; publicar ni siquiera era parte de la estructura escritural ni el resultado de esta. Ahora tengo una ventaja más cuando escribo: no tengo que pensar en qué pasará después con el texto; podría calcinarme con la última palabra, sin lectores, sin testigos.

Es el sistema

Trabajé en un Blockbuster. Yo no hacía las compras a los proveedores pero registraba los nuevos productos. Me percaté de un fenómeno: alrededor de la mitad de los productos se facturaban, la mitad restante no. Pondré un ejemplo. Cuando salió a la renta Titanic se compraron 30 copias de la película, todas originales. La mitad, la facturada, entró a un precio, las otras 15 entraron a un precio más bajo, sin facturar. Toda la operación corrió a cargo del mismo proveedor. El mismo proveedor surtió las Titanic para la venta a un precio aun más bajo que las no facturadas, pero estas copias eran piratas, de una muy alta calidad. ¿Cómo supe yo todo esto? Porque me hicieron gerente de una tienda y tenía que estar al corriente de cómo se hacían las cosas. Esto no quiere decir que la dueña de esas franquicias haya decidido proceder de esa manera, es que esas eran las condiciones que le impusieron. Aunque obviamente a ella le convenía manejarse de esa forma.  

Trabajé también en una farmacia San Pablo. La encargada de compras me hizo su protegido y comenzó a entrenarme para sucederla. El mecanismo empleado en el Blockbuster respecto a los proveedores, funcionaba de la misma forma en San Pablo. ¿Por qué cuento esto ahora? Por imbécil. ¿Por qué no lo pensé antes? 

Supongo que en el abastecimiento de las gasolineras ocurre algo similar a Blockbuster, a San Pablo: el huachicoleo es el sistema. 

Escribir a mano

Ahora, recién estos días del año, cargo una libreta de tamaño pocket conmigo. Escribo en ella ideas de textos. Se me cansa la mano a las dos palabras, a las dos líneas. Mi caligrafía es pésima. No sé, pero lo intento. La falta de práctica me ha hecho imbécil, o me ha hecho redundar en ello. Caligrafía mediante, espero que los garabatos no sean síntoma de una idea que he barajado durante años y que por fin he decidido llevar a cabo: escribir un bestiario. Esto es un espoiler: escribo un bestiario. Y uno de los textos de ese bestiario es la imagen que ilustra este post: La cocina. Porque el bestiario es el bestiario de mi madre, de su cocina, de la cocina de todos; quiero hablar de la comida, porque si otros conquistaron pueblos y cruzaron océanos para buscar especias, yo quiero escribir estos versos, estos poemas. 

La sexta

Y bueno, no está de más recordar que soy adherente a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona; que me reconozco anarquista (maradoniano), por ende anticapitalista y que pase lo que pase estoy con los de abajo y voy por los de arriba. Ya que está todo aclarado, voy a salir a despejarme un rato.

Abajo y a la izquierda.

Escuchen a Lengualerta esta tarde y bailen.

Poetry Slam: La palabra

La palabra palabra es un artefacto lingüístico
La palabra árbol no está compuesta de madera ni hojas
La palabra mar no moja ni ahoga ni inunda
De hecho la palabra fuego sería incapaz de causar incendios o quemaduras
La palabra política remite a monstruos de tres siglas
La palabra cielo no contiene aviones ni estrellas ni luna
La palabra sol puede suceder en la noche y no encandila
La palabra eclipse, en realidad: no eclipsa
Entonces:
La palabra palabra es un artefacto lingüístico
La palabra cariño no necesita de caricia ni besos
La palabra muerte se puede pronunciar sin fusiles R-15
La palabra muerte puede escribirse sin decapitar a nadie
La palabra muerte no requiere calaveritas
La palabra muerte suena incluso a querida
La palabra muerto tampoco implica seriedad ni silencio
La palabra muerto no necesita de lutos
La palabra luto sí necesita de muertos
Las palabras de muertos pueden consultarse en los diccionarios
Las palabras no mueren en los diccionarios
La palabra diccionario no es una tumba
La palabra diccionario es una máquina del tiempo
La palabra tiempo de verdad viaja a través del tiempo
La palabra tiempo no se descompone en minutos ni segundos
La palabra reloj no tiene cuartos de hora
La palabra hora, por ejemplo, solo puede ser producida para referirse al tiempo
La palabra tiempo no implica la palabra sonido
Pero la palabra tiempo se compone de sonidos y no de segundos
Todas las palabras son sonidos
La palabra sonido es sonido o ruido o grito o gemido
La palabra trueno es un sonido
La palabra trueno quizá es una onomatopeya
La palabra onomatopeya no es una onomatopeya
En fin que las palabras sin referente son incapaces de nada
Por ejemplo:
La palabra dodododo no significa nada
Porque en ninguna parte del español existe un dodododo
Y además los pájaros dodo están extintos
La palabra dodododo además no es un dodo
La palabra hablada no es lo mismo que la palabra escrita
Nadie que esté en su sano juicio puede decir que vio un dodododo
Ni un dededede, pero les decía que
La palabra palabra es un artefacto lingüístico
La palabra fusil no puede fusilar a nadie
La palabra terremoto no va a derrumbar estos muros
La palabra terremoto es incapaz de mover un centímetro de la Tierra
La palabra terremoto no tiene fuerza
Sin embargo los nombres de las personas son capaces de sacudir al escucha
La palabra, -nombre-, Sarah siempre (me) causa terremotos.

AfterPunk: El escenario también es un ring

316bUno. Podría haber sido algo más que una persona común, algo más que lo que soy. Podría haber chocado mis puños contra otros músculos, contra otros cartílagos, contra otros huesos; contra caras, cuerpos, bocas, aullidos; contra otros puños. Podría haber enfrentado a un rival, —o a mi sombra—, hasta hacerlo caer, hasta pulverizarlo, hasta que no se pudiera levantar después de la cuenta de protección y entonces erigirme como vencedor, como campeón, como un natural born killer del cuadrilátero. Sí, podría haber sido boxeador, pero me decanté por la escritura. Me decanté por cifrar el lenguaje para hacerlo descifrable. 

yo1Dos. Es probable que como boxeador habría sido incapaz de ganar ningún asalto. Con toda seguridad la lona se hubiera convertido en casi mi segundo hogar; y es que tengo una tendencia natural al suicidio. Una tendencia a convertirme en kamikaze, a darme de bruces por nada, y por todo. No habría peleado para ganar, sino para perder.  Tal vez me hubiera convertido en un temible contrincante: si alguien no tiene miedo de ser vencido, noqueado, derrotado, debe ser incomprensible, un loco, un demente, un invisible. Y nadie puede golpear a un ente invisible. Es casi imposible descifrar un lenguaje extraño; descifrar es vencer, pero no se puede vencer lo que no se puede derrotar; lo que no se puede percibir.

Tres. Sé que subirme al escenario no es lo mismo que pisar un ring, pero en el Poetry Slam aprendí que uno puede pensarse y sentirse como pugilista. ¿Por qué? Bien a bien no lo sé, pero puede concebirse de tal forma que suelte jabs como demostración de que sí, lucha contra otro. O contra sí mismo.

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Cuatro. Tiene bastante tiempo que no me paro a espokenwordear, a ladrar, a decir, a contar, a hablar a través de las palabras. Hace unas semanas di una charla en una universidad y hablé sobre el proceso escritural, hable desde dónde se escribe, nunca dije por qué se escribe. Tuve un auditorio cautivo con preguntas de todo tipo. Pero durante esa charla no me expuse ni un poco, no me arriesgué, y por lo tanto no me rendí. Sé que explicar el proceso escritural es más complejo que presentar una pieza; también sé que una charla no tiene que funcionar para exponerse como tal; presentar una pieza, en cambio, debe contar con la cualidad de ser atendida por el espectador. El espectador no es un público, es un contrincante más.

Cinco. Y tal vez hubiese sido mejor quedarme en el retiro, y no dejarme seducir por volver al cuadrilátero. Soy ese viejo boxeador al que algún avieso promotor convence de calzarse botas y guantes una vez más. Sin entrenamiento, demacrado, derrotado, viviendo de viejos recuerdos, acepto (sin pensar en las consecuencias).

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Seis. Recuerdo unos versos que leí una vez no sé dónde de quién sabe quién: “Hace mucho tiempo yo solía vivir aquí”. Los recuerdo ahora porque hace mucho tiempo yo solía vivir aquí, —no en Ciudad Terremoto—, sino aquí: en un escenario, ante los escuchas. Y me era imprescindible presentarme de ese modo, como un juglar, como un parlanchín melódico que dictaba palabras. Palabracayendo, palabralzándome, palabradiciendo, palabraseraplaudido.  

Siete. (En el fondo, espero noquear a mi sombra y bajar el cuadrilátero pensando en la siguiente pelea.)

La cocinera

El único lugar donde me siento seguro es dentro de ti, le dijo. La abrazaba por detrás, ajustándose a sus formas, mientras la besaba por el cuello. Así que durante la cena, y después de haber pasado horas destazándolo, congelando los pedazos y cocinando con especias varias 300 gramos de su carne, sonreía. Sonreía porque por fin de algo le había servido la carrera en Gastronomía que con tanto esfuerzo le había pagado su padre.

AfterPunk: Escribir un libro sobre la derrota

palabrasConversación por guásap.

Yo: qué semblante tenía?

Lu: Muy triste. Los ojos ahogados. Fuera de ti o hundido en ti.

Lu: Por qué?

Lu: Fue cuando te sentaste junto a Alicia y era como si todo estuviera perdido, estabas rendido.

Ojalá fuera un superhéroe, que con solo enfundarme en mallas pudiera salvar a la humanidad, pero estoy más cerca de la antítesis; me parezco más a la figura del supervillano, soy el supervillano de mi propia vida. Y eso no es poco. Si uno es su propio villano, no habrá poder sobre la Tierra que lo salve.

Quizá nunca he querido ser salvado y por eso escribo. Lo sospecho ahora. 

¿Cuál es el sentido de escribir, de escribir un libro? No puedo responder por todos los que escriben un texto, un texto que se hará público y podrá ser encontrado en librerías y bibliotecas, en la red, respondo a título personal. Escribo para el otro, para ser leído, descifrado. Supongo que para decirle al otro, por medio de construcciones verbales, lo que veo en este mundo. Supongo que si ese otro no atiende a mi relato, habré fracasado, habré sido vencido. Supongo que si ese otro ignora mi relato, todas mis fuerzas habrán chocado contra un muro. Supongo entonces que escribo pensando en que lo que busco es imposible: acercarme al otro, encontrarme con el otro. 

Para eso escribo: para fracasar. Los supervillanos en realidad no quieren triunfar sobre la realidad, quieren que esta fracase; que sea aniquilada, subvertida, deshecha. Cada que escribo mi sombra me golpea hasta derribarme; a veces la cuenta de protección me salva, pero a veces soy noqueado. Por eso el comienzo de este post, la conversación por guásap que tuve al día siguiente de la presentación de Perturbaciones sintácticas, tiene toda la razón: Fue cuando te sentaste junto a Alicia y era como si todo estuviera perdido, estabas rendido.

Uno se rinde de diversas formas, yo me rendí escribiendo un libro.